Comenzamos un nuevo ciclo de nuestro Club de Lectura “Genias Imprescindibles” con la gran Edna O’Brien. Cada vez que regreso a ella vuelvo a redescubrirla. Y hablo de regreso, pues no se trata solo de releer alguna de sus obras, sino de recordar en el justo sentido de la palabra, es decir, volver a pasar por el corazón. De alguna manera es una escritora que marca, pues en su mirada hay una profundidad inusitada en la que ciertamente nos lleva a la Irlanda cotidiana, pero también a la exploración del ser humano, en especial de la mujer y sus diversos rostros.
Fue en los ’90 cuando la leí con avidez, pues estaba haciendo un estudio sobre Literatura y Censura. Supe entonces que sus 6 primeras obras fueron prohibidas, a tal extremo que en un aeropuerto mientras la escritora iba camino a una presentación, le requisaron los libros que llevaba y le devolvieron solo las portadas, según cuenta en sus memorias. Incluso se afirma que Chicas de Campo, que es la novela que suscita nuestro encuentro, fue quemada por un sacerdote, pues la crítica decidió que era una “mancha para la femineidad irlandesa”. Sea cierto o no lo de la quema realizada por el religioso en la plaza de Tuamgraney, es innegable que con esta novela se dio un giro a la literatura irlandesa.
Chicas de Campo (The Country Girls) se publicó en 1960, cuando Irlanda ya vivía algunas décadas de independencia y se asumía como el Estado Libre Irlandés, que crecía bajo una impronta nacionalista y conservadora. Y en ese ámbito, los roles femeninos y masculinos no solo estaban del todo establecidos, sino que se encontraban configurados desde una perspectiva política y religiosa. Por lo tanto, la mujer era educada para ser Madre y Esposa. Y, además, se le consideraba la responsable de transmitir las tradiciones y los saberes que permitieran la pervivencia de esta concepción.
Al momento de publicarse y tal vez dejándose llevar por el título, la novela se recibió con cierta ingenuidad, pues se asumió que se trataba de un retrato casi costumbrista del mundo rural irlandés. Sin embargo, a las pocas semanas, la crítica la catalogó como una obra que atentaba contra lo femenino, pues narraba “las andanzas” de un par de adolescentes “desvergonzadas y llenas de malicia”. Y es cierto. En ella se retratan las experiencias de dos niñas que viven en un total abandono el complejo proceso de convertirse en mujeres, de descubrirse, a pesar de las limitaciones e ignorancias impuestas. La desvergüenza y la malicia también se retratan en la obra, pero no son rasgos privativos de las muchachas, sino de un mundo forjado en las apariencias y la volubilidad. Por lo tanto, es primordial examinar algunos de los planteamientos creativos y estéticos de esta “Maestra de la ocultación”, como la llamó Andrew O’Hagan, para comprender más a cabalidad su singular propuesta. Ese magistral “decir sin decir”, que caracterizará su escritura.
Y en dicha propuesta, probablemente uno de los puntos más relevantes e innovadores es la estructura base de la novela. Para ello, Edna O’Brien usa un canónico modelo que se denominó Bildungsroman o Novela de Formación o Aprendizaje. Parece un concepto complejo, pero la verdad es que todos hemos leído alguna obra concebida según esta premisa. David Copperfield fue y seguirá siendo una de mis preferidas ¿Qué es una novela de formación? Es una obra que nos relata el proceso de formación y de aprendizaje de un personaje. Resulta muy atractiva porque se basa en la convicción de que es posible que alguien reciba una formación, que le permita integrarse exitosamente a la sociedad, siguiendo patrones racionales y morales que lo lleven a la perfección deseada. Es decir, el personaje inicia en una situación compleja, vive numerosas aventuras o pruebas que logran llevarlo a la cúspide social y, como resultado de ello, se establecer como un modelo a seguir. Piensen un poco y seguro se acuerdan de alguna novela o película, de esos inolvidables, que siguen este patrón.
Lo fundamental es que hasta el momento en que O´Brien publica esta obra, en Irlanda las novelas de formación estaban dedicadas por completo a niños o muchachos (imposible no recordar al gran James Joyce y su Retrato del artista adolescente). En pocas palabras, la literatura reafirmaba una idea central: el que debía educarse para ocupar un lugar activo en la sociedad era el hombre, ya que él conduciría dicha sociedad. Y en Chicas de Campo, somos espectadores de la azarosa formación de dos niñas, que pronto se transforman en adolescentes, llamadas Caithleen (Cait) y Bridget (Baba). Rasgo innovador por completo, que se potencia, sin duda alguna, a través de la magistral composición de ambos personajes. Una siempre rebelde, la otra acatando en silencio. Parecieran opuestas, pero se complementan de manera perfecta, espejándose la una en la otra. Haciendo de sus acciones y voces una historia única. Tan potente es esta dupla, que O’Brien acaba escribiendo una trilogía que las mantiene como protagonistas (La chica de ojos verdes y Chicas felizmente casadas).
Ahora bien, esta postura creativa es una excelente estrategia para dar valor a la experiencia. Y a través de las vivencias de Cait y Baba, la creadora cimenta la base de un tema que será transversal a toda su obra. No solo cuestiona los parámetros o creencias en torno a lo que debe o podría ser una educación femenina, sino que nos lleva a través de un viaje que posee tintes iniciáticos, en el que ambas muchachas desafían esquemas impuestos y emprenden una búsqueda inusual en aquellos años: la de la libertad y la identidad. Como lectores/as somos interpelados/as fuertemente y se nos enfrenta a interrogantes que en la actualidad parecieran no haber perdido vigencia ni sentido: ¿Cómo debe ser educada una mujer? ¿La educación obedece a géneros? ¿Cómo vivir la libertad si no sabemos realmente lo que es o significa? ¿Es posible conseguir una inserción exitosa en la sociedad si al “formar” no entregamos herramientas que nos permitan descubrir y forjar nuestra identidad?
Surgen entonces innumerables preguntas e inquietudes que propician el diálogo y la reflexión, que sin duda alguna forman parte del proyecto autoral, pues tal como lo declaró O’Brien en diversas entrevistas: “Lo único que importa es lo que siente quien lee, cómo lo cuestiona la obra”. Y es cierto. La gran cronista de la Irlanda profunda nos ha demostrado una y mil veces que una pequeña historia, como esta de dos niñas, puede transformarse en una historia formidable, que nos permite el reencuentro con lo plenamente humano. O como ella diría: “El reencuentro con las emociones, que son las que conforman nuestra verdadera esencia”.
Otras obras recomendadas:
- La chica de ojos verdes y Chicas felizmente casadas: Si alguien quiere saber cómo continúan las vidas de Cait y Baba, estas novelas son esenciales. En ellas, O´Brien profundiza la problemática femenina tratada en Chicas de Campo, pero también proyecta muchos de los temas que serán una constante en su creación.
- Madre Irlanda: Un libro de memorias que nos permite comprender a la mujer, la escritora y, especialmente, a la irlandesa que hizo de su tierra natal un espacio de reflexión constante.
- James Joyce: Uno de los retratos más lúcidos que se han realizado sobre este formidable, pero complejo escritor. Un ensayo que sirve como mediación para quien desee aventurarse en sus creaciones.
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